domingo, 12 de abril de 2009

Noche

- Mamá, no me quiero morir. – Me veo a mi mismo tirado en el suelo de piedras, de un canal, mientras el vapor de la sangre que se desparrama abajo mío, se contrasta con las frías piedras. Me sangran los ojos y los oídos, y sin poder escuchar ni ver claramente desde ese cuerpo, sé que estoy viéndome levemente iluminado por la luz de la calle, tirado en el suelo y rodeado de gente, escucho el agua fluir por el canal y mis propios gemidos aunque el resto del mundo parece haberse detenido.
Mi quejido es molesto, es como el ruido de un perro moribundo, que te hace pensar que tal vez, la mejor opción sea sacrificarlo “para que no sufra mas”, como tantas veces escuche decir.
-No quiero morirme, no quiero terminar así, ni quiero que todo esto pase… No puedo terminar así-, con cada palabra gotas de sangre salen volando desde mis labios.
Pero no tengo ni idea porque estoy diciendo eso, de hecho ni siquiera sé por que me estoy muriendo, o como llegue a estar en esta situación, en un lugar que nunca había visto en mi vida.
No llego a desesperarme, pero me acerco a la gente que como estatuas me miran, y la veo a mi madre, rodeada por los brazos de mi padre. La veo a María, a mis hermanos… - ¿María, estas ahí? Por favor, perdóname. Nunca quise llevarte a esto, estoy tan arrepentido, si solo pudiese volver el tiempo atrás…- La tos me ataca, desde adentro mío, empujando un montón de porquerías por mi boca, y siento que me muero, aunque ya sin dolor, aunque si con miedo.
María tiene los ojos fijos en mi, vestida de negro y el pelo le cae como una enredadera por la cara, mientras abraza a una niña de no mas de seis años. A ella nunca la vi en mi vida, pero sé que se llama Josefina, y es preciosa como la noche, la luna y la soledad, rubia y de ojos verdes, con un vestido rosa y una sonrisa que cautiva a los animales. Estando quieta en el tiempo como una muñeca de porcelana se le notaba su rebeldía y el dolor, mientras los últimos gramos de inocencia los iba quemando su vida, y una pizca de picardía brillaba sus ojos, pero lo mas sorprendente era un beso en su cachete izquierdo, un beso que se lo iban a robar mucho mas tarde, y su vida iba a cambiar para siempre.
- Josefina… - y mi voz se apaga con mi último suspiro, y me congelo yo también en el tiempo sin moverme, mientras todo se nubla, mientras el silencio es tal, que escucharía un copo de nieve caer. Y el tiempo se desdobla, se encoge y lo que podrían ser segundos se convierte en eones… estoy en una sala oscura, solamente iluminada por dos ventanucos, de los cuales salen perfectos rayos de luz que llegan a iluminarme hasta la cintura.
Lentamente mis ojos se acostumbran a la luz, algo que no sabía que podía volver a sentir como algo vivo, sentir su calor y toda esa energía entrar a mis piernas, y pude ver.
Estoy en el medio de la sala, pero ya no es tan oscura, detrás de mí solamente había un sarcófago de piedra sin tapa roto en una esquina, liso y del mismo color que el resto de las piedras que forraban absolutamente todo.
Entre los ventanucos, y justo debajo de ellos hay una persona frente a mi, sentada como un indio, con los ojos cerrados. – Yo solo quería ser feliz. – Me mira y sofríe como un niño con su deseo cumplido, sonríe como si fuese una bolsa llena de felicidad y me contagia su gozo y su amor.

Siento la baba fría chorreada en la almohada desparramarse por mi mejilla, y busco a tientas el celular, ya es de día y el sol se escurre entre las tablas de la persiana. El celular sin quejas ni nuevos mensajes, me dice que son las “7:41” y me doy cuenta que puedo dormir mas tiempo, y me siento lleno de gozo y de amor, algo tan raro.
Tuve un pésimo día, y una pésima noche hasta que abracé mi almohada, pero me siento muy bien, como un niño con su deseo, pero no sabe que es por que nunca recuerda que deseaba, del mismo modo que yo no me acuerdo mis sueños.

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